Amigos en el desierto
Dice la leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto cuando en un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada al otro.
El otro, ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena:
- HOY, MI MEJOR AMIGO ME PEGÓ UNA BOFETADA EN EL ROSTRO.
Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bañarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, y su mejor amigo no dudo en salvarlo.
Al recuperarse tomó un estilete y escribió en una piedra:
HOY, MI MEJOR AMIGO ME SALVO LA VIDA.
Intrigado, el amigo preguntó:
- ¿Por qué cuando te lastimé, escribiste en la arena y hoy escribes en una piedra?
Sonriendo, el otro amigo respondió:
- Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir en la arena donde el viento del olvido y el perdón se encargarán de borrarlo y apagarlo, pero cuando nos pase algo grandioso,
debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde jamás viento alguno pueda borrarlo.
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El naúfrago
El único superviviente de un naufragio llegó a la orilla de la playa de una lejana y deshabitada isla. Todos los días oraba fervientemente, pidiéndole a Dios que lo rescatara, y todos los
días miraba al horizonte esperando que le rescataran, pero los días iban pasando y la esperanza se iba apagando.
Aunque agotado y deprimido, logró construir una pequeña cabaña con la madera del naufragio para protegerse de los elementos y proteger las pocas pertenencias que con mucho esfuerzo había
encontrado en la isla.
Un día al regresar de buscar comida, encontró que la pequeña cabaña se había quemado, el humo subía hacia el cielo. Lo peor que le sucedió fue que había perdido hasta las pocas cosas que tenia.
El pobre estaba consternado, desanimado, confundido y lleno de dolor. Herido, furioso lloró amargamente y le gritó a Dios diciendo: "¿Cómo puedes hacerme esto?"
Lloró impotentemente lamentándose de todo lo que le había pasado y de cómo Dios le había quitado todo, aún sus pocas pertenencias. Desconsolado se quedó dormido sobre la arena.
Al día siguiente, temprano, por la mañana, le despertó el sonido lejano de un barco que se acercaba a la isla. Cuando vinieron a rescatarlo él preguntó cansado y perplejo a los
marineros:
- ¿Cómo sabían que yo estaba aquí?
Ellos le contestaron:
- Vimos las señales de humo que nos hiciste.
Esto nos enseña que a veces es fácil desesperarse y enojarse cuando las cosas nos salen mal. Pero no debemos perder la fe y la esperanza porque Dios está siempre obrando a nuestro favor
y él está en control de nuestras vidas, aún en medio del dolor y el sufrimiento. Todo sucede por alguna razón, nuestro trabajo es tratar de comprender por qué.
Recuerda: La próxima vez que se queme tu pequeña cabaña con las cosas que tú más atesoras, puede ser simplemente una señal de humo que surge de la gracia de Dios.
Por todas la cosas negativas que nos pasan, debemos convencernos a nosotros mismos que Dios tiene un plan y una respuesta positiva para todo.
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