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¡ Nuevo!POLIFEMO

 

Autor: Edgardo Ronald Minniti Morgan (Córdoba, Argentina)

de su obra "Cuentos para leer en el Tren Bala"

 

 

Alegres, alegres cantemos
haciendo rechinar y tintinear
el viejo  telescopio.
William Herschel


 

 

 

 

                          

 

 

 

    Trepé duramente la cuesta. El camino aparecía blanquecino a la luz de las estrellas. De vez en cuando el batir de alas alarmado de una paloma entre el ramaje de los pinos, denotaba la
vida; quebraba el murmullo monótono del viento suave que castigando la frente, se llevaba las gotas de sudor que habían llegado a perlarla  por el esfuerzo. No sé durante cuanto trepé;
el tiempo carecía de sentido. Simplemente me llevaba hacia arriba, desde el comienzo.
    Por ahí, en algún claro, el cielo abría su negra mano cuajada de diamantes; mostraba su faja de encajes ciñendo la cintura de la noche, que largamente había cerrado su bóveda, 
implantando  la permanencia del silencio previo  a una sinfonía desconocida.
  

  La curva desembocó en una explanada fantasmal. La altura, la apertura de golpe a esa otra parte abierta y el aire fresco, me llevaron más allá de toda experiencia.
    El camino concluía allí; en la puerta de la gigantesca estructura que recortaba el tapiz celeste  imponiendo sus contornos azabaches y elevaba sus paredes de piedra  tallada.
   Una llave grande, antigua, pendía de un clavo en un rincón del pequeño nicho de acceso; pude precisarlo con el primer fósforo que me atreví encender. El viento se lo llevó lejos
rápidamente. La tomé, la introduje y la hice girar. Tuve que empujar con fuerza, abriéndola solamente lo necesario para  ingresar a un recinto amplio, casi como el cielo, con su pálido
techo bien alto  y una escalera al final.

  La boca de una puerta abierta me llevó a una habitación lateral, disimulada  como un cuadro opaco en unas de las paredes. Otro fósforo. Una mesa, sillas y un manojo de llaves
diversas en un panel. Agité la caja. No quedaban muchas cerillas, así que quemé el último trozo de papel que pude encontrar en los bolsillos, rogando que no contuviera nada
importante. La llama intensa deslumbró por un instante y solo mostró más claro lo que ya había percibido con la pequeña. La mesa, las sillas y esas llaves. Ya me quemaba
los dedos y no había podido agregar nada. 

   Más luz no me trajo otras cosas, solo un encandilamiento  que me retuvo un momento innecesario, antes de retomar la marcha. 
Hurgué en las inmediaciones del sitio hasta dar a tientas con el llavero. Lo tomé y emprendí la escalera que, después de la trepada, se me antojó infinita; el deslizarse de la
mano por su baranda, me guió hasta el último descanso.

 

"Al final del camino" Pintura en acrílico de 40 x 50 cm de Graciela María Casartelli

 

 

 


Otra puerta y ningún fósforo. Solo el dedo inquieto, nervioso, recorriendo el contorno de la boca de la cerradura
para ir probando cual de todas aquellas la accionaba. Al fin, con la sexta  de las muchas que pesaban en mi mano, pude hacerlo. Otro recinto amplio y muchas puertas.
Tomé en principio la del lado opuesto, presintiendo que era la más directa. Nadie pone el final en las intermedias. Y tal vez no me equivocaba. Otra escalera. 
  Más angosta, más empinada, más corta.
    Llegué donde debía. A otra puerta. Sólida, de madera. Di varios golpes en la misma, solo para despertar el eco dormido, atenuado, polvoriento... Tampoco el
silbido agudo o el grito de llamada logró nada. Apenas el silencio quejumbroso detrás, después del estruendo.
     Fueron probadas varias, muchas más, antes de lograr abrirla  con un chirrido suave, amable. Había buen aire allí dentro.  Fui rodeando la pared derecha hasta el encuentro
con otra puerta y otro intento. La música del tintineo me acompañó un instante  hasta  que cedió el acceso. Ingresé con la mano extendida dos pasos y opté por seguir
también la pared. Daba a un hueco, esta vez sin puerta. Penetré y subí rápidamente, escalón a escalón; fueron quince en caracol y la baranda giró sobre sí en el último
descanso para dar a un lugar abierto. Algo dije fuerte, para romper aquello. El eco contestó lejano, amplio, denso. Casi diría que me hallaba en un templo. Ahora sí se
imponía otro fósforo, el que la paciencia y la calma habían conservado para entonces. Su luz se abrió en flor y me lo mostró gigantesco. Allí estaba, echado, con su único
ojo en el vasto, enorme cubículo,  mirando hacia arriba. Asombrado, me quemé los dedos. Otro fósforo, el último, me hizo correr hacia la manivela que operaba la superlativa
ventana  curva; comencé a hacerla girar con esfuerzo. Poco a poco se fue abriendo la raja. Al principio una línea, una estrella; después un cinturón y  luego el aire pleno,
que se volcó a raudales, junto con el cielo.
      Allá, distante, una mancha nebulosa parecía ser el destino cierto de su sueño. No lo pude compartir. Mi ignorancia me acortó las piernas; podó mis alas que creía 
vastas y elegantes. Apenas si conmovido  intensamente, atiné a cerrar esa puerta  y huir casi corriendo; quise mirar con su pupila enorme; no supe cómo hacerlo.
    Hube de dejar al instrumento dormido de nuevo. Alguna vez, alguien, vendría detrás; compartiría sus secretos. De seguro, no yo. El miedo atenaceaba.
   Con profundo silencio reverente, desanduve el camino  casi en puntas de pie para no quebrar el momento. Comenzaba a olvidar aquella inexplicable ansiedad celeste,
que impuso un temeroso respeto...
    Necesitaba hacerlo totalmente. Me estaba vedado compartir el secreto. El conocimiento estaba prohibido. Las severas penas impuestas por Ellos asustaban a cualquiera.  
    Temblando, miré a mi alrededor. Me iba la vida en esa aventura. Sin embargo, sabía que volvería. Algo roto en mi interior, me lo decía con insistencia...

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Ediciones Virtuales ETA CARINAE
          Serie: TIEMPOS  MODERNOS
           2010

Ediciones Virtuales Eta Carinae-Córdoba - 2010-República Argentina-Primera Edición Impresa (Agotada): Agosto  de 2008   - e-mail erminniti@hotmail.com

 

  El autor, nacido en San Javier, provincia de Santa Fe, Argentina y radicado en Córdoba, es poeta, escritor, historiador, divulgador científico - Directivo de la Sociedad Argentina de Escritores SADE, filial Córdoba (dos períodos) - Ex docente del Observatorio Astronómico de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil de Rosario; como así Director del Boletín Astronómico de ese Observatorio y de la revista “Hoja Astronómica”, que alcanzaran divulgación internacional. Actualmente es integrante del Grupo de Investigación en Enseñanza, Difusión e Historia de la Astronomía - Observatorio Astronómico de Córdoba –  Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.
  Ha publicado dos novelas (“Dicen que fue el último” y “El Flaco”), cinco libros de poesía (“Mandato Cumplido”, “Madrugales” , “Una Rosa Roja”), “Óleos para Leer” y “Palabras para Pintar” (Los dos últimos ilustrados con óleos de Nydia Del Barco)  un libro de cuentos (“Para Leer en el Tren Bala”), un ensayo poético (“Poesía”),  la historia de su región natal (“Cabalgando en la Memoria”), diversas monografías; siendo coautor de un libro de divulgación astronómica (“Infinito”-Maravillas del Cielo Austral) y otras obras de historia del Observatorio Nacional Argentino (“Uranometría 2001” y”Córdoba Estelar”) – estas dos últimas en coautoría; entre otros múltiples trabajos literarios y de investigación histórica en libros, revistas y diarios del país y el extranjero; como así en la Web. Es uno de los titulares del blog historiadelaastronomía.wordpress.com.
       Ha sido objeto de diversos premios nacionales e internacionales por su obra; destacándose, el premio internacional  Herbert C. Pollock - 2005.

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Musicalización: Castillo midi