¡ Nuevo!POLIFEMO
Autor: Edgardo Ronald Minniti Morgan (Córdoba, Argentina) de su obra "Cuentos para leer en el Tren Bala"
Alegres, alegres cantemos
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Trepé duramente la cuesta. El camino aparecía blanquecino a la luz de las estrellas. De vez en cuando el batir de alas alarmado de una paloma entre el ramaje de los pinos, denotaba la
vida; quebraba el murmullo monótono del viento suave que castigando la frente, se llevaba las gotas de sudor que habían llegado a perlarla por el esfuerzo. No sé durante cuanto trepé;
el tiempo carecía de sentido. Simplemente me llevaba hacia arriba, desde el comienzo.
Por ahí, en algún claro, el cielo abría su negra mano cuajada de diamantes; mostraba su faja de encajes ciñendo la cintura de la noche, que largamente había cerrado su bóveda,
implantando la permanencia del silencio previo a una sinfonía desconocida.
La curva desembocó en una explanada fantasmal. La altura, la apertura de golpe a esa otra parte abierta y el aire fresco, me llevaron más allá de toda experiencia. La boca de una puerta abierta me llevó a una habitación lateral, disimulada como un cuadro opaco en unas de las paredes. Otro fósforo. Una mesa, sillas y un manojo de llaves Más luz no me trajo otras cosas, solo un encandilamiento que me retuvo un momento innecesario, antes de retomar la marcha. |
"Al final del camino" Pintura en acrílico de 40 x 50 cm de Graciela María Casartelli
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Otra puerta y ningún fósforo. Solo el dedo inquieto, nervioso, recorriendo el contorno de la boca de la cerradura
para ir probando cual de todas aquellas la accionaba. Al fin, con la sexta de las muchas que pesaban en mi mano, pude hacerlo. Otro recinto amplio y muchas puertas.
Tomé en principio la del lado opuesto, presintiendo que era la más directa. Nadie pone el final en las intermedias. Y tal vez no me equivocaba. Otra escalera.
Más angosta, más empinada, más corta.
Llegué donde debía. A otra puerta. Sólida, de madera. Di varios golpes en la misma, solo para despertar el eco dormido, atenuado, polvoriento... Tampoco el
silbido agudo o el grito de llamada logró nada. Apenas el silencio quejumbroso detrás, después del estruendo.
Fueron probadas varias, muchas más, antes de lograr abrirla con un chirrido suave, amable. Había buen aire allí dentro. Fui rodeando la pared derecha hasta el encuentro
con otra puerta y otro intento. La música del tintineo me acompañó un instante hasta que cedió el acceso. Ingresé con la mano extendida dos pasos y opté por seguir
también la pared. Daba a un hueco, esta vez sin puerta. Penetré y subí rápidamente, escalón a escalón; fueron quince en caracol y la baranda giró sobre sí en el último
descanso para dar a un lugar abierto. Algo dije fuerte, para romper aquello. El eco contestó lejano, amplio, denso. Casi diría que me hallaba en un templo. Ahora sí se
imponía otro fósforo, el que la paciencia y la calma habían conservado para entonces. Su luz se abrió en flor y me lo mostró gigantesco. Allí estaba, echado, con su único
ojo en el vasto, enorme cubículo, mirando hacia arriba. Asombrado, me quemé los dedos. Otro fósforo, el último, me hizo correr hacia la manivela que operaba la superlativa
ventana curva; comencé a hacerla girar con esfuerzo. Poco a poco se fue abriendo la raja. Al principio una línea, una estrella; después un cinturón y luego el aire pleno,
que se volcó a raudales, junto con el cielo.
Allá, distante, una mancha nebulosa parecía ser el destino cierto de su sueño. No lo pude compartir. Mi ignorancia me acortó las piernas; podó mis alas que creía
vastas y elegantes. Apenas si conmovido intensamente, atiné a cerrar esa puerta y huir casi corriendo; quise mirar con su pupila enorme; no supe cómo hacerlo.
Hube de dejar al instrumento dormido de nuevo. Alguna vez, alguien, vendría detrás; compartiría sus secretos. De seguro, no yo. El miedo atenaceaba.
Con profundo silencio reverente, desanduve el camino casi en puntas de pie para no quebrar el momento. Comenzaba a olvidar aquella inexplicable ansiedad celeste,
que impuso un temeroso respeto...
Necesitaba hacerlo totalmente. Me estaba vedado compartir el secreto. El conocimiento estaba prohibido. Las severas penas impuestas por Ellos asustaban a cualquiera.
Temblando, miré a mi alrededor. Me iba la vida en esa aventura. Sin embargo, sabía que volvería. Algo roto en mi interior, me lo decía con insistencia...
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Ediciones Virtuales ETA CARINAE
Serie: TIEMPOS MODERNOS
2010
Ediciones Virtuales Eta Carinae-Córdoba - 2010-República Argentina-Primera Edición Impresa (Agotada): Agosto de 2008 - e-mail erminniti@hotmail.com
El autor, nacido en San Javier, provincia de Santa Fe, Argentina y radicado en Córdoba, es poeta, escritor, historiador, divulgador científico - Directivo de la Sociedad Argentina de Escritores SADE, filial Córdoba (dos períodos) - Ex docente del Observatorio Astronómico de la Biblioteca Popular Constancio C. Vigil de Rosario; como así Director del Boletín Astronómico de ese Observatorio y de la revista “Hoja Astronómica”, que alcanzaran divulgación internacional. Actualmente es integrante del Grupo de Investigación en Enseñanza, Difusión e Historia de la Astronomía - Observatorio Astronómico de Córdoba – Universidad Nacional de Córdoba, Argentina. |
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Musicalización: Castillo midi